viernes, octubre 20, 2006

Frases

Stephen King
Christine
"Motores. Esa es otra cosa de ser adolescente. Hay todos esos motores, y acaba uno aplicando la llave de contacto a alguno de ellos, y los ponen en marcha, pero no sabe uno que carajos son ni que tienen que hacer. Hay pistas, pero eso es todo. Lo de la droga es algo parecido, y lo de la bebida, y lo del sexo, y a veces otras cosas también. Un trabajo de verano que genera un buen interés, un viaje, un curso en la escuela. Motores. Te dan las llaves y unas cuantas pistas y te dicen: Ponlo en marcha, a ver que hace y a veces lo que hace es introducirte en una vida que es realmente buena y satisfactoria, y a veces lo que hace es llevarte por la carretera del infierno y dejarte destrozado y ensangrentado en la carretera"

Anne Rice

La momia o Ramses el Maldito


"Elliott estaba ahora demasiado paralizado por la artritis como para seguir siéndole infiel, y a veces se preguntaba si para ella era un alivio o si la entristecía. Todavía compartían el lecho matrimonial, y era probable que siguieran haciéndolo hasta el final. Aunque no había ninguna urgencia o necesidad real, desde hacía tiempo Elliott era consciente de que dependía de ella y la amaba profundamente"

"Siempre le había gustado su esposa, y ahora, en su madurez, había descubierto que la amaba"

"Si repasaba los recuerdos felices de su vida, sólo en una ocasión había sentido que estar vivo era tan maravilloso y extraordinario. Entonces estaba en Oxford. Tenía veinte años. Estaba enamorado de Lawrence Stratford, y Lawrence lo estaba de él."

Crónicas Vampíricas

la vida entera me parecia insoportable, tanto en su horror como en su espelndor.

comprendi que nada ansiaba tanto en el mundo. No tenia un solo plan de ambicion en el corazon, ni otro pensamiento que no fuera estar alli, con el.

¿O era, más bien, que ahora tenía en mis manos la excusa que necesitaba para traerle a mí como había deseado desde el primer momento? Nicolás mío, mi amor. La eternidad espera. Todos los grandes y espléndidos tesoros de estar muerto esperan.

Deseé peinarle el cabello, lavárselo con mis manos, vestirla con ropas modernas y verla en el espejo de mi época. De hecho, mi mente enloqueció por un momento ante la idea de restituirle su belleza y de borrar todo rastro de su nefasto disfraz. Creo que, por un instante, la noción de eternidad ardió dentro de mí, y supe qué era la inmortalidad. Todo era posible en la eternidad, o, al menos, así me lo pareció en aquel momento.

Esto era lo que yo buscaba, mientras que ellos deseaban que yo, el hijo más dotado, contribuyera a enaltecerlos. ¡Y yo que pensaba que nos hundiríamos! Se suponía que debíamos caer cada vez más bajo.

Ojalá la muerte fuera así. Ojalá pudiéramos dormir eternamente.

Aún sigo aquí, soy el héroe de mis propios sueños; dejad que continúe siendo el héroe de los vuestros.

—Si existe la bondad —continuó—, yo soy lo opuesto a ella. Soy malo y me recreo en ello. Me burlo de la bondad. Y, por si no lo sabías, no toco el violín para que los idiotas que acuden al local de Renaud se lo pasen bien. Toco para mí, para Nicolás.

—Tú posees un resplandor, Lestat, que atrae hacia ti a todo el mundo. Lo posees incluso cuando estás enfadado, o desanimado... —No, es cierto —insistió él—. Hay en ti una luz que resulta casi cegadora. En cambio, en mí sólo hay oscuridad. A veces pienso que es como la oscuridad que te invadió aquella noche en la posada, cuando te pusiste a gritar y a temblar. Estabas tan impotente, tan poco preparado para ello... Yo trato de alejar de ti la oscuridad porque necesito tu luz. La necesito desesperadamente, pero tú no necesitas la oscuridad.

Y también yo le había amado siempre, ¿no era así?, incluso con todo lo sucedido: y qué fuerte podía ser el amor cuando se tenía la eternidad para alimentarlo y bastaba con aquellos instantes para renovar su intensidad, su calor.

No puedo —contesté. Temblaba. Me sentía demasiado atraído por él. Estaba a punto de matarlo—. Si pudiera, me quedaría contigo —dije

Le di a entender con la mirada que sabía que estaba enamorada de mí y que, a menos que me lo impidiera con firmeza, estaba dispuesto a traspasar los límites del decoro, tras lo cual pasé frente a ella y me senté en el lecho

Garcia Marquez

Del Amor y otros Demonios


Ella le preguntó por esos días si era verdad, como decían las canciones, que el amor lo podía todo.

Lo intentó casi todo, menos preguntarse si aquel era el modo de hacerla feliz.

«Su Señoría ilustrísima debe saber que arrastro la más grande desgracia que puede sufrir un ser humano», dijo, con una humildad desarmante. «He dejado de creer».

Sintió el apremio de rezar por primera vez desde que perdió la fe. Fue al oratorio, tratando con todas sus fuerzas de recuperar el dios que lo había abandonado, pero era inútil: la incredulidad resiste más que la fe, porque se sustenta de los sentidos.

Abrenuncio lo entendió. Siempre había pensado que dejar de creer causaba una cicatriz imborrable en el lugar en que estuvo la fe, y que impedía olvidarla. Lo que le parecía inconcebible era someter una hija al castigo de los exorcismos.

«Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero».


Cuando la guardiana le abrió la celda de Sierva María, Delaura sintió que el corazón se le reventaba en el pecho y apenas si podía tenerse en pie.

Cayetano corrió al convento con el corazón desmandado, pero no encontró a Sierva María en su celda. Estaba en la sala de actos, cubierta de joyas legítimas y con la cabellera extendida a sus pies, posando con su exquisita dignidad de negrapara un célebre retratista del séquito del virrey. Tan admirable como su belleza era el juicio con que obedecía al artista. Cayetano cayó en éxtasis. Sentado en la sombra y viéndola a ella sin ser visto, le sobró el tiempo para borrar cualquier duda del corazón.

«Déjeme», dijo ella. «No me toque». Él no le hizo caso, y la niña le soltó una ráfaga de escupitajos en la cara. Él se mantuvo firme, y le ofreció la otra mejilla. Sierva María siguió escupiéndolo. Él volvió a cambiar la mejilla, embriagado por la vaharada de placer prohibido que le subió de las entrañas. Cerró los ojos y rezó con el alma mientras ella seguía escupiéndolo, más feroz cuanto más gozaba él, hasta que se dio cuenta de la inutilidad de su rabia. Entonces Delaura asistió al espectáculo pavoroso de una verdadera energúmena. La cabellera de Sierva María se encrespó con vida propia como las serpientes de la Medusa, y de la boca salió una baba verde y un sartal de improperios en lenguas de idólatras.


El obispo estaba inquieto de que no hubiera llegado a la lectura de la cena. Se dio cuenta de que flotaba en una nube personal donde nada de este mundo ni del otro le importaba, como no fuera la imagen terrorífica de Sierva María envilecida por el diablo. Huyó a la biblioteca pero no pudo leer. Rezó con la fe exacerbada, cantó la canción de la tiorba, lloró con lágrimas de aceite ardiente que le abrasaron las entrañas. Abrió la maletita de Sierva María y puso las cosas una por una sobre la mesa. Las conoció, las olió con un deseo ávido del cuerpo, las amó, y habló con ellas en hexámetros obscenos, hasta que no pudo más. Entonces se desnudó el torso, sacó de la gaveta del mesón de trabajo la disciplina de hierro que nunca se había atrevido a tocar, y empezó a flagelarse con un odio insaciable que no había de darle tregua hasta extirpar en sus entrañas hasta el último vestigio de Sierva María. El obispo, que había quedado pendiente de él, lo encontró revolcándose en un lodazal de sangre y de lágrimas.

«Que Dios se apiade de ti», le dijo. Y lo borró de su corazón.

Cayetano aprendió pronto que un poder grande no se pierde a medias. Las mismas personas que antes lo cortejaban por su privanza le sacaban el cuerpo como a un leproso. Sus amigos de las artes y las letras mundanas se hicieron de lado para no tropezar con el Santo Oficio. Pero a él le daba lo mismo. No tenía más corazón que para Sierva María, y aun así no le bastaba. Estaba convencido de que no habría océanos ni montañas, ni leyes de la tierra o el cielo, ni poder del infierno que pudieran apartarlos.

Empujó la puerta con la punta de los dedos, dejó de vivir mientras duró el chillido de los goznes, y vio a Sierva María dormida a la luz de la veladora del Santísimo.

«Siempre estoy así», dijo él. Y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar en ella, que cuanto comía y bebía tenía el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serlo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella. Siguió hablándole sin mirarla, con la misma fluidez y el calor con que recitaba, hasta que tuvo la impresión de que Sierva María se había dormido. Pero estaba despierta, fijos en él sus ojos de cierva azorada. Apenas se atrevió a preguntar:
«¿Y ahora?» «Ahora nada», dijo él. «Me basta con que lo sepas».

En los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se cantaban al oído, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el límite de sus fuerzas: exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento, y ella lo compartió.

«No más lágrimas». Y enlazó con Garcilaso: «Bastan las que por vos tengo lloradas»

Cayetano, sorprendido a su vez, le preguntó: «¿Nunca ha pasado por esto?» «Nunca, hijo mío», dijo Abrenuncio. «El sexo es un talento y yo no lo tengo».Trató de disuadirlo. Le dijo que el amor era un sentimiento contra natura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa. Pero Cayetano no lo oyó. Su obsesión era huir lo más lejos posible de la opresión del mundo cristiano.




Peliculas de cuyo nombre no logro acordarme


-Siempre fuiste mas fuerte que yo.
-En serio, siempre pense que era mas loco.

La Velocidad de Gary

Estaba buscando alguien que le diera un beso tan duro, que la boca le doliera, un beso tan largo que el cuello le doliera, un beso tan dulce que el corazon le doliera, un beso tan ntegro que hiciera que nada le doliera.

Satanas

“…El problema del bien y del mal, de la luz y de la oscuridad.
-Es que hay algo que no entiendo. El mal no es mal desde siempre, desde el comienzo. El demonio era un ser celestial.
-Además estamos hechos a imagen y semejanza del creador. Y si hay una parte de nosotros malvada y perversa, ¿Cuál es entonces esa parte en la mente de Dios? ¿Como del bien y la perfección se puede originar el mal y el pecado?
Campo Elías toma aire y remata diciendo:
-Satanás no es más que una palabra con la que nombramos la crueldad de Dios. No hay un bien supremo Maribel. Tenemos una divinidad bicéfala, de dos rostros. ¿Recuerdas que Stevenson habla de los dos gemelos? Somos el experimento de un Dios cuya malevolencia y vileza se llama Satanás…” (Satanás, Mario Mendoza, Pág. 264).


“…Somos Ángeles y demonios al mismo tiempo. No somos una sola persona, sino una contradicción, una complejidad de fuerzas que luchan dentro de nosotros…
…Somos cobardes y heroicos, santos y pecadores, buenos y malos. Todo depende de esa lucha de fuerzas…
…No existe el bien y el mal separados, cada uno por su lado, sino unidos, pegados, y a veces se confunden…(Satanás, Mario Mendoza, Pág. 134)

“Estoy harto de todo. Mi vida ya no tiene ninguna esperanza. Ya es tarde para hacerme ilusiones. Detesto la existencia que llevo, no hay nada alrededor mío que me entusiasme, que me de confianza en el futuro me obligue a luchar para salir de las llamas de los infiernos.
Estoy sufriendo de depresiones agudas que me obligan a encerrarme en mi habitación durante horas. Cuando estoy frente al espejo solo veo un pedazo de mierda.”(Satanas, Mario Mendoza, pag. 134)

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